“Me veo frente al espejo y no me gusto”… Esto es dismorfia corporal

¿Alguna vez te has mirado al espejo y has sentido que no estás bien contigo? Tal vez te enfocas en un “defecto” que parece crecer con cada mirada. Eso que para otros puede ser mínimo o inexistente, para ti se convierte en algo imposible de ignorar. Este sentimiento, cuando se vuelve constante, desgastante y obsesivo, podría ser un síntoma de dismorfia corporal.
Para entender mejor este trastorno que muchas veces se esconde tras frases como “odio mi nariz” o “si tan solo fuera más delgado(a)”, conversamos con la psicóloga Irene Calderón, especialista en TCA (Trastornos de la Conducta Alimentaria) y dismorfia corporal. En esta entrevista, nos ayuda a diferenciar entre una inseguridad pasajera y una relación profundamente alterada con nuestro cuerpo, y nos guía sobre cómo comenzar a sanar.
Una distorsión de la percepción corporal
La dismorfia corporal es un trastorno psicológico caracterizado por una preocupación obsesiva por alguna parte del cuerpo que la persona percibe como defectuosa. Aunque esa característica no sea visible o importante para los demás, quien la vive siente un rechazo profundo hacia su apariencia, lo cual genera malestar emocional y conductas repetitivas como revisarse constantemente en el espejo o evitar mirarse por completo.
Esta alteración en la percepción va mucho más allá de una inseguridad pasajera. El malestar persiste incluso después de hacer cambios físicos, y puede deteriorar la autoestima, las relaciones sociales y la salud mental general.
Señales que indican una relación dañada con el cuerpo
Algunas señales comunes que pueden alertar sobre una posible dismorfia corporal son:
- Preocupación excesiva por la apariencia, centrada en un rasgo específico.
- Evitar fotos, espejos o situaciones sociales por miedo a ser visto.
- Compararse constantemente con otros en redes sociales.
- Uso de ropa para ocultar el cuerpo, incluso en situaciones cotidianas.
- Búsqueda repetida de procedimientos no invasivos o tratamientos estéticos sin lograr satisfacción.
Estas conductas son frecuentes en personas con dismorfia corporal y suelen interferir significativamente con su vida diaria. No se trata de vanidad, sino de un conflicto profundo con la imagen propia.
El impacto de las redes sociales y el entorno
Vivimos en una cultura de exposición constante. Las redes sociales, con sus filtros, estándares de belleza irreales y edición digital, pueden intensificar la dismorfia corporal, sobre todo en personas jóvenes o con baja autoestima. Según la psicóloga Irene Calderón, estos medios actúan como detonantes en quienes ya tienen una percepción frágil de sí mismos.
El entorno cercano también influye. Comentarios como “deberías bajar de peso” o “te verías mejor si cambiaras eso” pueden sembrar inseguridades o agravar el trastorno. Validar lo que el otro siente y evitar emitir juicios es clave para construir una relación saludable con el cuerpo, tanto propia como ajena.
La importancia de hablar sin miedo ni juicio
Muchas personas que viven con dismorfia corporal se sienten culpables por no aceptarse o por preocuparse “demasiado” por su imagen. Esto genera un círculo de silencio, vergüenza y autoexigencia difícil de romper. Por eso, es relevante generar espacios de escucha y acompañamiento sin juicio.
Acercarse a alguien que podría estar atravesando este trastorno requiere empatía. No se trata de “arreglarlo” ni de convencerlo de que “no es para tanto”, sino de acompañarlo a buscar ayuda profesional y recordarle que su experiencia es válida.
Tratamiento y recuperación: sí hay salida
El tratamiento más efectivo para la dismorfia corporal suele ser la terapia cognitivo conductual, un enfoque que ayuda a identificar pensamientos distorsionados y reemplazarlos por una visión más realista y compasiva del cuerpo. En algunos casos, se puede complementar con medicación psiquiátrica, especialmente si hay ansiedad o depresión asociadas.
La recuperación no es inmediata, pero sí posible. Requiere compromiso, paciencia y apoyo. Cuando la persona empieza a desarrollar nuevas herramientas para gestionar sus pensamientos y emociones, mejora también su relación con el cuerpo, su autoestima y su calidad de vida.
Conclusión
Verte en el espejo y no gustarte no es solo un mal día: a veces es una llamada de atención para mirar hacia adentro. La dismorfia corporal no es vanidad, es un sufrimiento real que merece comprensión y apoyo. Hablar de esto, visibilizar y buscar ayuda son actos de amor propio.
Si te sentiste identificado(a) con esta entrevista, recuerda: no estás solo(a). Hay profesionales como Irene dispuestos a acompañarte en el camino hacia una relación más sana con tu cuerpo y contigo mismo(a).
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